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Con los primeros fríos, hacia el mes de
noviembre, comienza la elaboración del aguardiente, cuyo único
ingrediente es el orujo de la uva que se había guardado en tinajas u
otros recipientes adecuados para una buena conservación tras la
elaboración del vino. En la caldera del
alambique, se echa el orujo y se pone en la lumbre, previo cerrar y
sellar tanto la caldera como todo tipo de aberturas del alambique para
evitar pérdidas del vapor. Con el calor se
produce la evaporación del orujo y el gas transcurre a través del
alambique que está sumergido en un recipiente con agua fría para
producir la licuación del vapor. El serpentín tiene en su extremo un
gripo por el que sale el aguardiente que se vierte directamente en el
recipiente de destino. Cuando se ha
extraído unos 20 o 25 litros de aguardiente, se comprueba si sigue
"saliendo fuerte" con una sencilla operación consistente en
verter a la propia lumbre una pequeña cantidad del destilado. Si
no se produce un "fogonazo", fruto del contenido alcohólico
del líquido vertido, es que se ha perdido la calidad del orujo y hay
que sustituir y reponer en la caldera. Esta
elaboración artesanal - a veces prohibida - se transmitió de
generación en generación y también los utensilios necesarios,
resultando un proceso muy característico de la zona, puesto
que el licor, además de consumirse solo orujo con miel o hierbas-,
constituye la materia prima para la elaboración de otros dulces y
licores. |